*Son RELATOS:
"Además, me daba placer imaginar
todo lo que no conocÃa de aquella ciudadâ€.
Felisberto Hernández.
¿DÓNDE ESTà EL HUMO?
Era un caso sin remedio, Maggie no se lo perdonarÃa nunca... Primero la defraudó con su apego obsesivo al alcohol, luego pensó que las cartas le traerÃan menos problemas, al menos dejarÃa de sufrir los efectos de la resaca, pero ahà estaba ahora, a un paso de perder todo aquello por lo que habÃa trabajado tan duro desde los comienzos. Era lo pactado, en la ocasión anterior también perdió y el desafÃo debÃa continuar, ahora se jugaba la casa y, según firmaron, habÃa traÃdo consigo las escrituras del chalet en el que vivÃan desde que se trasladaron del norte. Maggie y las niñas no tenÃan parte ni culpa en el embrollo en el que se habÃa metido, pero pagarÃan las consecuencias de su insensatez. Rechazó la copa que le ofrecieron, querÃa poner los cinco sentidos en la partida que estaba a punto de resolverse y en la que apostaba su hogar contra nada... Además, debÃa mantenerse sereno pues tenÃa que regresar a casa o a lo que le quedase de ella a partir de ese momento. En los últimos quince dÃas el fuego habÃa avanzado peligrosamente hacia el pueblo y, a pesar de las advertencias de Maggie, esa noche se acercó en el coche hasta Tucson, desoyendo también las normas que la policÃa del condado extendÃa entre sus conciudadanos. Otros años también habÃa habido incendios, pero esta vez se sumaron peligrosamente a la sequÃa que arrastraba el año. La semana anterior cayeron las poblaciones de Winslow y de Flagstaff, los incendios se estaban propagando ese otoño a velocidad vertiginosa, parecÃa cosa del diablo, nada ni nadie podÃa detener el avance arrollador de las llamas que crecÃan en altura y levantaban nubes cenicientas que obstaculizaban la tarea de los hidroaviones en su ataque aéreo.
Todo por la maldita obsesión de borrar la sonrisa sardónica del rostro del condenado Jackson, no soportaba sus bravuconadas y menos a costa suya, asà que lo que comenzó como una apuesta fantasma se habÃa transformado en un juego ruinoso, era más que posible que si perdÃa esa partida también se quedase sin Maggie. Ahora parecÃa tomar verdadera conciencia de que lo que habÃa puesto sobre el tapete era su propia vida, ahora que unas cartas elegidas al azar decidirÃan el futuro de su destino más incierto.
Las risas de Jackson y sus matones resonaron en el local con un eco lúgubre cuando aquella escalera de color salió de la nada para desgracia del osado Lou. Ya no escuchaba los gritos ni la histeria de los ganadores, tampoco atendÃa las afrentas que al oÃdo le susurraban los aliados del matón, no habÃa nada qué hacer. HabÃa perdido y, después de firmar el documento de cesión, entregó las escrituras de su propia casa al malnacido tahúr. Aquella derrota nada tenÃa que ver con cualquiera de las anteriores, aunque una a una le habÃan llevado hasta ese fatÃdico desenlace.
Cuando salió a la calle, los nubarrones algodonosos del incendio se elevaban por encima de las casas, aquello tenÃa que estar muy cerca del pueblo, pensó Lou. Cogió el vehÃculo y aceleró hacia casa, pero antes del cruce con Lordsburg ya estaba la carretera cortada por los camiones de bomberos que retrocedÃan ante la onda expansiva del calor.
-¡No es posible continuar, amigo! ¡Vuelva atrás, están desalojando el pueblo! ¡Atrás!
Lou no daba crédito a lo que estaba sucediendo, nunca imaginó que mientras él solo se complicaba la existencia el mismÃsimo infierno les estaba ganando la partida a todos. Retrocedió, pero tomó la desviación por Bisbee, conocÃa a fondo esa ruta de montaña, a pesar del mal estado del firme le llevarÃa casi a lomos de su propio jardÃn, se trataba de un antiguo camino vecinal ya en desuso, pero sin mayores dificultades para su todoterreno. El humo se apoderaba de cada tramo y dificultaba distinguir los bordes apenas inexistentes del trazado. También su mente se hallaba confusa, bien por inhalar los gases tóxicos que inundaban el ambiente, bien porque no entendÃa qué hacÃa él luchando por una propiedad que ya no le pertenecÃa... Pero, ¿qué le dirÃa a Maggie? TenÃa que intentarlo, al menos.
Un enorme pino ardÃa en medio del camino, interrumpiendo el paso. Se encontraba muy cerca de la loma y salió del coche corriendo hacia el borde para contemplar la agonÃa final de sus propiedades. Protegiéndose el rostro con los brazos observó cómo el fuego consumÃa lo que antes habÃa cobijado sus sueños. Las llamas ya salÃan por el tejado y un torbellino de calor envolvÃa el interior de la casa, avivado por todos los utensilios ya insalvables. Sin duda, se trataba de un dÃa nefasto.
Encontró a Maggie y las niñas al dÃa siguiente, cuando les trasladaron a la antigua escuela de Tucson. Aún conservaba el rostro tiznado de las cenizas voladoras que flotaron en el ambiente durante toda la noche. Maggie le abrazó, aterrada, desconsolada, el fuego les habÃa llevado todo, su hogar, todo... Las niñas sollozaban, asustadas. Lou pasó sus grandes brazos sobre sus hombros, mientras mesaba sus cabellos sin soltar palabra. No tenÃa nada que decir. A su alrededor las familias afectadas se repartÃan los enseres que les ayudarÃan a pasar de la mejor manera esa y las sucesivas noches hasta que las ayudas destinadas por el gobierno restableciesen la normalidad. Nunca iba a ser lo mismo, a cambio obtendrÃan una nueva vivienda, resultaba imposible recuperar lo quemado, pero de este modo podrÃan comenzar sino a construir al menos a continuar la rutina de su vida antes de los incendios.
Los sollozos de Maggie no le daban tregua y Lou se aferró en un abrazo firme a los seres cuya suerte momentos antes barajó al azar, los únicos que tenÃa y más querÃa. Vieron al comisario acercarse hasta ellos con gesto sombrÃo...
-¿Sabes lo de Fred Jackson?
Lou se estremeció, por un instante creyó que la respiración le habÃa abandonado, pero su expresión imperturbable animó al comisario que, apretándole suave el brazo, le confesó:
-Lo siento, Loonegan. Sé que trabajasteis juntos en la factorÃa, que os conocÃais desde pequeños...
-No entiendo...
-Calcinado, murió dentro del camión junto con un grupo de ayudantes.
El comisario se quitó la gorra y se pasó un pañuelo por la sudorosa frente.
-Horrible, Lou, un amasijo de cuerpos abrasados, no quedó nada... Un espectáculo horrendo. Lo siento.
El nudo que hasta entonces atenazaba la garganta de Lou pareció ceder. Mientras, Maggie no apartaba los ojos de él, observaba su gesto duro y seco y, ahora, de repente resuelto que, lejos de aumentar su temor, la ayudaba a sentirse más segura, se habÃa dado cuenta de que desde hacÃa largo rato Lou no habÃa encendido ni un solo cigarro. Ella notaba algo raro, aunque el silencio de Lou estaba consiguiendo hacerla sentirse protegida del modo en que tanto habÃa añorado años atrás, antes de toparse con el problema de la bebida y después con el del juego. SabÃa que de vez en cuando jugaba, pero disculpaba el hecho de que en algo habÃa de entretener su tiempo de ocio. Sus esperanzas parecÃan ir a cobrar forma precisamente ahora en un momento tan trágico como este, ahora que habÃan perdido su casa entre las llamas y sus pertenencias habÃan quedado reducidas a cenizas. Ahora el gobierno les otorgarÃa una de esas viviendas de protección, pasarÃan bastantes años antes de convertir eso en un hogar propio, pero a las chiquillas no les faltarÃa un techo bajo el que acabar sus estudios y salir todos adelante como una familia unida.
Lou tragó saliva sin dejar de abrazarlas. Las niñas habÃan callado los lloros y Maggie le miró a los ojos...
-Lou...
-Calma, Maggie, saldremos adelante... ConfÃa.
Maggie no sabÃa bien qué, pero algo le decÃa que todo no lo habÃa perdido, desde sus adentros comenzó a agradecer a aquel incendio el regalo que empezaba ya a vislumbrarse...
F I N
*â€Es una Colección de Cuadernos con Corazónâ€, de Luis Tamargo.-