Hay rumor de fiesta.
En el pueblo todo es alegrÃa.
Tanto niños como adultos esperan ansiosos que llegue la tarde, porque es precisamente aquella tarde cuando la feria abre sus puertas.
En el campo, luego de una agotadora mañana de trabajo, don PepÃn habÃa apilado en un claro del bosque gran cantidad de ramas secas. Los dÃas por llegar amenazaban ser muy lluviosos y lo mejor serÃa almacenar la leña recolectada.
El viejo, como todos en el pueblo, también tenÃa planeado ir a la feria. Sin embargo, al contemplar aquella pila de leña pensó que él solo se tardarÃa demasiado en arrearla hasta la granja.
Fue entonces cuando se le vinieron a la mente Mimosin y Lanudo.
-¡SÃ!, entre los tres lo haremos más rápido y tendremos tiempo para ir a divertirnos. -Pensó con alegrÃa.
Lanudo y MimosÃn, eran dos pollinos alegres, juguetones y muy divertidos. Eran los consentidos del viejo PepÃn.
De regreso a la granja, los encontró jugando y al verlo llegar se le acercaron como siempre, dando brinquitos y moviendo sus colitas en señal de entusiasmo. Don PepÃn era muy feliz al verlos asÃ.
-Mis pequeños, necesito de su valiosa ayuda. He recogido mucha leña en el bosque y tenemos que traerla cuanto antes al granero.
MimosÃn, quien era el más consentido, frunció el ceño en señal de disgusto. jugar era en lo único que pensaba. La sola idea de trabajar un poco en nada le agradó.
Por el contrario, su hermano Lanudo se alegró mucho de poder ayudar en algo a quien bien los querÃa.
Al ver el entusiasmo de su hermano, MimosÃn también aceptó, pero de muy mala gana, y ya camino al bosque se fue quedando rezagado. La sola idea de cargar leña en su lomo le molestaba.
-¡Uy!, qué montón de leña.-Exclamó cuando llegaron.
-No te preocupes MimosÃn, que entre los tres haremos pronto la tarea.-Lo consolaba don PepÃn, mientras le acariciaba tiernamente el lomo.
"Vaya suerte la de nosotros los burros. Siempre nos toca el trabajo más pesado. ¡Qué poca consideración nos tiene la gente!". -Pensaba el burriquito enojado.
Y en el mismo instante que don PepÃn le acomodaba la leña en el lomo, MimosÃn se desplomó como si le faltaran las fuerzas. El pobre pollino rebuznaba del dolor.
Lanudo y don PepÃn no sabÃan qué hacer. Trataban de adivinar dónde le dolÃa al pobre burriquito.
-Quédate aquÃ, quietecito. Nosotros cargaremos la leña y de regreso, traeré al doctor.-Dijo el viejo.
MimosÃn se asustó. Él sabÃa que estaba mintiendo y temÃa que lo descubrieran. Sin embargo, pensó que era preferible pasar por mentiroso, a tener que cargar la leña en su lomo.
Mientras que don PepÃn iba al pueblo por el médico, Lanudo hizo cuántos viajes pudo hasta la granja sin que de su boca saliera la más mÃnima lamentación. MimosÃn, en cambio, no dejaba de quejarse.
El viejo regresó con el veterinario y éste, a su vez, examinó cuidadosamente a MimosÃn.
-No le encuentro enfermedad ni fractura alguna, pero por pura precaución, dejémoslo una semana en reposo. No podrá correr ni brincar. Ya veremos cómo evoluciona.-Expresó el doctor ante el estupefacto yasombrado rostro del burrito mentiroso.
-Con lo mucho que nos gusta jugar.-Se lamentó su hermano Lanudo.
-SÃ, es una lástima. -Intervino el viejo PepÃn.-Y yo que tenÃa planeado que fueramos los tres al pueblo a divertirnos de lo lindo en la feria. ¡Pobre MimosÃn! Ahora se tendrá que quedar solito cuidando la granja. Pero qué podemos hacer, si el pobre anda enfermo.-Puntualizó con tristeza el viejo.
Y aquella misma tarde, mientras Lanudo y don PepÃn no cabÃan de la dicha
ante tanto jolgorio y alegrÃa, allá en la granja... triste y solitario... y con el rabo metido entre las patas, MimosÃn no dejaba de llorar su gran pena.
"¡Qué injusta es la vida con nosotros los burros, Señor!". -Se lamentaba sin cesar, el burriquito mentiroso sin nadie que lo consolara.