El Viejo de la torre.
Por: Gelain
En épocas oscuras y remotas cuando las mentes brillantes todavÃa no despertaban de su letárgico deambular por el edén y las pocas que intentaban encender la luminaria de la inteligencia eran perseguidas cual delincuentes de los mas inhumanos y atroces; en la Edad Media la menor señal de libre pensamiento y razón era condenado por los jueces del bien a ser perdonado por las frÃas llamas de la absolución.
Allá arriba y rodeado de los árboles mas altos y robustos, el viento y la noche, en la cumbre de una torre apartada de la vista de los curiosos, un desesperado viejo se arrancaba sus grisáceos cabellos, uno a uno cayendo al suelo de piedra y profiriendo una muda blasfemia. Su quejar no era otro que el siniestro látigo invisible que se deleita de azotar sin descanso las ideas de cualquiera que guste de las letras. Pocos dientes adornaban sus agrietados labios, largas uñas amarillentas se clavaron después en sus flacos brazos seguido de un sin fin de golpes voluntarios de su rostro contra la mesa que tenÃa al frente.
Mojando con lágrimas lo que usaba de papel mirando los vendajes en sus muñecas con vileza y desdeñamiento, tomó como invadido de un repentino espasmo de cólera, la plumilla del frasco donde se hallaba descansando y la sumergió en el tintero. Sus ojos se perdieron entre las lÃneas de expresión de una pintura y en el eco del viento oÃa la maldita sentencia de la santa inquisición.
SabÃa que estaban por descubrirle no tenÃa idea de cuando sucederÃa sin embargo olÃa en su miedo que serÃa pronto y dentro de su mente cientos de demonios rasgaban las paredes por ver la luz que aún les estaba prohibido saborear.
Empezó a mover la mano con una vital energÃa, descargando todas sus emociones en unos cuantos segundos, dibujaba signos, garabateaba letras y reÃa al unÃsono de su obra; no podÃa saberse a ciencia cierta lo que se decÃa en esos discursos, volaban por los aires papeles repletos de estos extraños jeroglÃficos de color negro. Su aposento era pequeño e iluminado tan solo por la luz de la luna y una triste vela con aroma a mirra.
Un poema, un cantar, una sátira o una oda a la creación, sus pies se movÃan con ritmo fantasmagórico, Dios sabrá que planes recorrerÃan los canales de su cerebro para estar bailoteando en su asiento como lo hacÃa pero era claro que no se trataba de algo para sentirse orgulloso. Sus pocos cabellos se encrespaban cada que daba punto final a sus oraciones y el carcajeo ridiculizaba su gesto de hielo.
Al parecer la cordura lo habÃa abandonado, este lunático ya no pertenecÃa al mundo de la realidad, escribÃa lÃnea tras lÃnea sin descansar manchando varias veces sus dedos con la tinta que ahora asemejaban los de un muerto. No le importó que tronara el cielo, no se percató de la ráfaga de polvo que mancho su arrugado perfil, tampoco pestañó cuando a su mesa de augurios saltó una horrible rata misma que arrojo al precipicio con un leve golpe de su brazo.
Absurdo serÃa señalar que siguió transfiriendo las imágenes de su mente por largas horas; aunque su semblante era el de un viejo decrepito, su vigor igualaba al de un joven de veinte años. Su mano parecÃa no cansarse, esta se meneaba cada vez con mayor Ãmpetu a las ordenes de su amo, no el roñoso personaje sino algo mas elevado corrÃa las cuerdas de su inspiración.
¡Te ordeno que pares!, repentinamente sus brazos flaquearon, temblaron y un cómico cosquilleo abordó sus carnes cual millones de pequeñas hormigas en busca de hojas secas para el invierno. Sus dedos apretujaron el instrumento con el que escribÃa, era claro que no cederÃa a una estratagema como esa, se trataba de una lucha por seguir, sà vencÃa lograrÃa su cometido de limpiar su cabeza; en caso de dejarse humillar por el cansancio no serÃa digno de despertar a la siguiente etapa de su vida.
Un soplo apagó la llama de la vela, ahora, la pluma se apoyaba tanto en el papel que la escritura se volvÃa burda, ya no eran tantas palabras por segundo; en el delgado brazo vacilante las venas comenzaron a saltar, su color cambio a un morado muy fuerte y al poco rato las vendas que cubrÃan las muñecas del viejo se tornaron rojas debido a la sangre que brotaba de esa parte del cuerpo, sin embargo, no dejaba su trabajo.
Los pajarillos cantaban alegremente como todas las mañanas, el ambiente estaba fresco e irradiaba un bello sol su luz, el pueblo renacÃa a un nuevo dÃa. Y en el templo se oÃan las campanas. No muy lejos de allÃ, alguien subÃa por las escaleras, eran varias pisadas las que se escuchaban trotando en la torre. Voces de hombres fuertes subÃan cautelosos denotando miedo y respeto a la vez. ¡era la santa inquisición!
Después de llamar repetidas veces sin obtener respuesta, los hombres abrieron la puerta con una de las llaves maestras, encontraron al moribundo personaje inmerso en un profundo estado de sueño; - los nuevos edictos están en el suelo – dijo uno exaltado. Tres hombres en sotana tomaron los papeles y otros dos llevaron al extraño viejo a su lecho, cambiaron sus vendajes, le dieron de beber y este apenas abrió los ojos formuló algunas palabras. Al terminar de musitar unas cuantos vocablos sin sentido, los hombres le besaron el anillo y salieron de la habitación reverenciando como siempre al viejo de la torre.