Atado a sus recuerdos, se balanceaba, y balanceaba, una y otra vez. Su canción favorita, retumbaba alrededor de sus pies endurecidos por dÃas enteros, aunque pareciera que fuesen meses enteros, pero eso le complacÃa a el. Intentaba encontrar la manera de acomodar su cuerpo al sonido de la música, y creyó ciertas veces conseguirlo, entonces, y como en mucho tiempo, albergó una felicidad nueva, y comenzó a canturrear entusiasmado; ¡Ni… na… Ni… na… Ni…! -No habÃa nadie en casa. Temprano, le dolÃa el cuello, y protestaba por eso, una parálisis lo habÃa dejado inmovilizado del lado izquierdo años atrás, y se acostumbró al gentil movimiento a ese lado de la mecedora, pero no lo recordaba. Se molestaba, al ser interrumpido en sus largos pensamientos, y mandaba callar con su ronca voz, a cualquier habitante inapropiado de su habitación. En su trasnochada casa, soportada por agrietados pilares de desconocido estilo, vivÃan diversos recuerdos que deambulaban por los extensos comedores que albergaron alguna vez, épocas de amplia diversión, amorÃos de inquietud, y escotes de desenfreno en los sótanos a puerta cerrada, y el penoso suicidio de Nina Alcorán. Hacia delante, y atrás, su mirada volaba en el tiempo, hasta topar con recuerdos, colgados en el tabique gris que separa con el muro del comedero, unas finas caras en terciopelo de la época, esbozando a la fuerza una sutil sonrisa, con gesto desafiante, Nina sentada, y ella detrás, con sus manos levemente apoyadas en los hombros de su hija. Al enterar la noche, el temor se apoderaba de su mente, y le obligaba a presenciar cosas que Vigo detestaba. Durante la acción de la mecedora, y su canción favorita que lo mantenÃa vivo, cerraba sus ojos, y con un gesto evitaba los retratos que se desprendÃan en figuras torcidas, con risas macabras, y gemidos, unidos a lamentaciones dese el otro lado de las murallas, en sus menudos tÃmpanos agobiados por su condición. En pleno embate, se reproducÃa su nombre bajo sus pies, y en el techo más alto, su habitación se destrozaba por furiosos golpes de seres que se burlaban, y olÃan carne descompuesta. Después que se habÃan prolongado en los últimos años éstas experiencias, Vigo quedaba en un estado anómalo, sin poder reconocer si quiera su mano derecha de la izquierda. Su canción seguÃa tarareando;…. hasta quedarse dormido…
A la mañana siguiente recuperaba el comprimido tono muscular, la corriente sanguÃnea regresaba a lo indicado, y Vigo, en la mecedora, continuaba balanceando su vida en el lado izquierdo. El resto de la casa continuaba oscuro, salvo en su habitación, donde tÃmidamente alumbraban desde fuera, unos rayos de sol, recién nacidos. Con dificultad llevó la mano al rostro, y se abstrajo en alongados pensamientos. Su mentón recio, apuntaba al frente de unos espejos oscuros que quedaron, luego del incendio de una lujuria noche de engaño, y perversión, y ejecuciones oscuras que realizaron doce años atrás. Su fisonomÃa, y más aún, en los tiempos de juventud donde el vigor se demostraba en las cacerÃas de mujeres bellas que habitaban los pueblos cercanos, era conocido con el apodo de: “Vigo el hermosoâ€. Un completo silencio abundaba a su alrededor, porque la canción que lo sostenÃa respirando no hacÃa ruido, tampoco el sonido de la inmemorial mecedora causaba estragos en su mente. Pero a veces, sólo a veces, en su condenada soledad, unas señas confusas de alguien saludando lo animaba a gesticular su rostro hacia el costado derecho. ¿Si?... ¿Diga?...-Nadie habló-. En las mañanas más húmedas, se lamentaba de no poder llorar, atado a sus recuerdos que sustentaban su causa, ni siquiera era capaz de lagrimear, ella lo impedÃa. En los magnos pasillos, unas voces de viento se percibÃan alrededor de los comedores transmitiendo ideas, y negando los desacuerdos con cierta violencia reflejada por golpes de sillas contra la pared. ¡Lo lamentarás, la próxima vez…! Después, unas risas sigilosas disfrutaban de lo planeado por entes influyentes a éstos, que estaban sometidos a sus órdenes. Abajo y arriba, el dÃa avanzaba en su plenitud, y de manera inesperada, la tarde se convertÃa en larga noche. Sombras cubrÃan la mitad del muro tiznando el penoso estado de Vigo. Una incómoda picazón a los ojos comenzaron a frenar las intenciones del condenado. Con gemidos de su boca recordaba en voz alta, a una joven hermosa de azulado intenso en su mirada, ¡Donde están tus manos!... ¡Donde tus caricias!... -Vociferó-. El muro quedó en tinieblas. En absoluta oscuridad cayeron objetos extraños, y cada sensación se asimilaba a un duro latigazo a su cuerpo, sonidos subterráneos comenzaron apoderarse en cada rincón, y cadenas arrastrando sentÃa desde lejos, pero cada vez más cerca. Más sombras invadieron su habitación, y a semejanza de un mono, se agitaban en todas partes risas, y preguntas, sin respuesta lógica. Simón el asesino, apodado en vida por sus vÃctimas, ahora recibÃa la orden de alguien grande. Apoyado en su lado izquierdo, fuertes tirones lo colapsaban con la intención de arrojarlo, pero aferrado con su mentón, resistÃa la furia perversa. En instantes cobraba vida los retratos de Nina Alcorán, y su madre resoplando en su cara: ¡Asesino!... ¡Asesino!..., mientras la hija lo toma del pelo, y le hace un profundo corte en la cabeza, una y otra vez, dejándolo inconsciente. De toda clase de humillaciones era sometido en su cuarto, enormes embestidas en los vidrios de la casa saltaban a todas direcciones astillándose en sus piernas. Un temido silencio hizo huir al resto, y unos pasos se vengaron del condenado.
Nina, y su madre, deambularon por la casa buscando consuelo en los subterráneos, se aparecieron en los extensos pasillos iluminados por la oscuridad, sus voces de lamento cubrÃan los largos comedores durante el dÃa y la noche, hasta que regresaron a los retratos grises del lugar. Las manchas de sangre, fueron imposibles de borrar, hondonadas profundas, y cadenas de grosor desmedido se encontraron colgadas en la pared dentro de cuevas terrorÃficas, y otros cadáveres de exagerada tenebrosidad.
Según los antecedentes legales que se guardaron en el registro privado de la autoridad, y después de cerciorarse bien que no hubiera habitante en la casa, comenzaron las obras de demolición. Cubrieron con cinta municipal los alrededores del terreno, varios expertos visitaban de dÃa las obras de derrumbe de los cimientos de la casa. Ladrillos enormes que le dieron alguna vez forma de castillo, extrajeron lo que correspondÃa al living, la mitad del comedor, y donde comenzaba el extremo del pasillo. Al término de la segunda semana de trabajo, echaron abajo el resto de las murallas de concreto que le dieron vida a las piezas de esa casona.
Sólo objetos, y retratos sin valor quedaron a la intemperie. A la espera de algún familiar que reclamara por éstos, realizaron la venta de la nueva casa, y llegaron habitantes recientes. Todas las habitaciones fueron remodeladas, los sótanos conectaban directamente con el jardÃn de atrás, hacia un extenso pasto verde donde los hijos de los nuevos propietarios, recibÃan a sus influentes amistades de la época. Los muros bañados en blanco, brindaba en la noche una luz natural a los extensos pasillos que unÃan los cuatro baños de visita. La familia dueña ahora de este palacio, firmó los planos en absoluto acuerdo con la municipalidad, y en algún lugar de éste, una cruz grande indicaba que cierto dormitorio no habÃan podido derribar. Compraron entonces, una casa de diez y nueve habitaciones. Al principio se reunieron, y estuvieron de acuerdo en no abrir la puerta veinte que daba aun gran ventanal, porque no habÃa necesidad. El color de la puerta era distinto al resto, y asà la identificaban perfectamente. Al pasar el tiempo, olvidaron todo con respecto a esa habitación de extraño aspecto, además, a nadie le llamaba la atención. Los niños dormÃan con los tÃpicos terrores nocturnos provocados por su imaginación, y se quedaban la noche entera con la luz prendida. Pese, a las indicaciones del padre, continuaron con esta situación más allá de lo sugerido. Una noche, de vuelta del baño, pasando por el extenso pasillo, una música tenue se dejó sentir en la pieza del menor, al tomar la manilla decidido para interpelarlo según la orden dada por éste, se quedó pasmado escuchando una mecedora, y una ronca voz que decÃa: ¡Duérmete niño….., duérmete ya….!