Albores del siglo XX, Rusia. Los bolcheviques dan inicio a pogroms, las huestes bárbaras dan caza y con ello muerte a miles y miles de judÃos. La situación se hace insoportable; por dÃas y noches arrasaban pueblos enteros, destruÃan, quemaban sus casas luego de saquearlas. La familia Kohan (Cohen) es una de las tantas que sienten los actos criminales. En su disentir ideológico, los bolcheviques toman acciones contra los judÃos y entre los que ese dÃa asesinan, se encuentran Isaac y su esposa Clara; ellos fueron masacrados en busca de culpables donde no habÃa.
Sacrificados ante este acontecer, sus tres hijos varones quedan huérfanos, solos, sin tener quien vele por ellos, tan sólo fueron las distintas organizaciones judÃas del mundo que ofrecieron su apoyo y, contando con aportes económicos de los Rothschild o del mismo Montefiore lograron salvarlos, alimentarlos, protegerlos y más tarde llevar a estos y a otros tantos miles de niños a su patria en Palestina.
Esta es la historia de esos tres niños que desde muy pequeños pudieron y tuvieron que descifrar los significados del odio y de la destrucción, que vivieron y presenciaron castigo y hambre desde muy temprana edad. Jacob, el mayor de los tres, podrÃamos decir de que era el más rebelde de todos. Creció a un paso acelerado, pues se sabÃa responsable de sus otros dos hermanitos. Aprendió en corto plazo hebreo y su adaptación fue de inmediato. Trabajó él en el kibutz, destacándose en cada una de las labores que le encomendaban. Durante las noches se acercaba a sus hermanos y les contaba historias de sus antepasados para que no los olvidaran; él de este modo generaba unos lazos con el pasado que perduran hasta la fecha. Estuvo en su trabajo comunitario hasta que llegó a cumplir sus dieciocho años y, por ende, su mayorÃa de edad.
Con escasos ahorros mas, con una gran voluntad, querÃa desarrollar parte de sus propios sueños. Luego de haber oÃdo hablar de un paÃs lejano, Venezuela, y de un lugar en los que se sospechaba estaban ubicadas las Minas del Rey Salomón, ya no dudó un minuto. Jacob habló con sus hermanos, les informó de su pronto viaje, lo hizo consciente de saber que el kibutz en sÃ, como sistema socialista le garantizaba a él, de que sus hermanitos, recibirÃan educación, techo y alimento. Les habló como sólo lo hace un padre, y todo centrado en la promesa de retornar en poco tiempo y rico, lo suficiente como para sacarlos de allà y ofrecerles una mejor vida. Una vez que estuvo detallado el plan, Jacob, aprovechando un barco de pesca, ofreció sus servicios como trabajador. Jacob habÃa escogido este barco pues sabÃa que su ruta lo llevarÃa a Frankfurt. Una vez llegado allÃ, hizo lo propio con un barco holandés que iba a Curazao y de ese modo se enfiló a su destino final, Venezuela, a través de Puerto Cabello, para seguir a El Callao.
Cualquier otro inmigrante de la época se hubiera dirigido a la capital, a Caracas, y hubiese encontrado la forma y manera de conseguir un buen medio de vida, un seguro como para traer a sus dos hermanos. Pero Jacob era un hombre poseedor de gran carácter. Él no habÃa venido en busca de algo fácil, ni dejaba que la suerte decidiera por él, sabÃa a conciencia lo que buscaba y a lo que se dedicarÃa.
Llegado a El Callao (y estamos hablando de la Venezuela en tiempos de posguerra), hacÃa muy poco que habÃa terminado La I Guerra Mundial, habÃa escasez de todo excepto de zancudos. Viendo Jacob como los mineros lo hacÃan, primero se tomó el tiempo, lo suficiente como para aprender el oficio; más tarde, demostró con hechos lo aprendido y con ello logró aplicar sus propios métodos, tanto en la localización del mineral, luego en el cómo hacer para proteger lo obtenido y más tarde la comercialización del mismo.
Detallar las peripecias, sus métodos o los planos que él elaboró de sus sitios de extracción de los cuales hoy contamos con copias de los mismos, porque nos fueron dadas por sus descendientes durante nuestras entrevistas, lo dejaremos para una próxima entrega. Ahora, a sabiendas que el lector moderno vive en una lucha constante con el tiempo, nos abstendremos de hacerlo y tan sólo les haremos saber de que en definitiva, nuestro amigo, el huérfano de padre y madre logró encontrar su propio “Doradoâ€. Apenas habÃan pasado tres años desde el dÃa en que llegó, su piel marcada y quebrada por el sol dejaba ver huellas que ya nunca lo abandonarÃan, sus manos ajadas y curtidas como toda su piel, mostraban que su trabajo debÃa contar con alguna hora de entrada pero su estado fÃsico decÃa que sin ninguna hora previa de salida. Su cabello, del cual habÃa perdido gran parte, se habÃa quedado enterrado bajo miles de metros cúbicos de barro; la otra parte quedó flotando en aquellos rÃos que fueron sus minas y que siguiendo la corriente iban en busca del mar, como queriendo retornar a aquella Palestina, a ese lugar sagrado del cual unos años antes, él habÃa partido.
En cierto momento y como hombre de conciencia, Jacob supo que sus haberes eran ya suficientes como para regresar y de este modo poder ver su sueño cumplido. Una vez tomada la decisión, en menos de un mes estaba celebrando el retorno en el kibutz junto a sus hermanos. Su visión era muy clara, ahora podrÃan disfrutar aquella riqueza. Faltaba tan sólo conocer el dónde, dónde deberÃan irse a vivir. Sin dudas su vista estaba puesta en Europa y, consciente de ello, una vez estando allÃ, debÃan escoger entre Inglaterra, Alemania y como una última opción, Rumania.
Desafortunadamente, esta última opción les pareció ser un lugar que darÃa una bienvenida a judÃos inmigrantes. Por aquellos dÃas, la mayorÃa de los judÃos venidos de Europa, con los que se habÃan topado, provenÃan de allà y les hablaban de las miles de sinagogas, la calidad de su gente y la fama de sus rabinos. Inclinaron la escogencia para ese punto. Ya sin dudas de lo que todos deseaban, los tres hermanos, una vez en Rumania, fueron a la capital, tantearon el terreno, sacaron conjeturas, vieron y les gustó, pero deseando cierta tranquilidad se inclinaron por un pueblito en el que podrÃan seguir practicando lo que habÃan aprendido, la siembra de algunos cultivos y la crÃa de ciertos animales.
Durante algunos dÃas estuvieron viendo posibilidades, hasta llegar a Costesti, un pequeño pueblo lleno de gran colorido y con una población que se dejaba sentir como cercana, misma que daba la apariencia de ser una sola familia; fue allà donde se instalaron. El pueblo estaba decorado en su entorno con unas montañas que durante la primavera se llenaban de colores y hacÃan destacar los contrastes con las casas blancas. Con el paso del tiempo, los tres hermanos salieron en busca de esposas en otras ciudades, con ello lograron formar sus familias. Se puede decir que vivieron una vida tranquila, serena, sin preocupaciones. El pueblo era altamente sereno y agradable. Con la llegada del Shabat (viernes luego de las seis de la tarde) todos los judÃos vestÃan sus mejores galas y poco antes de la salida en el cielo de las primeras estrellas, la gente, como en un paseo premeditado y en dirección a la sinagoga, iban portando sus mejores y más bellas galas. En cada casa, en cada ventana, se veÃan las chispas de luz que saltaban como resplandor de las velas, mostrando con todo orgullo cómo se engalanaban todas las casas judÃas para recibir el sábado.
De nuevo, para no ser tedioso, nos toca saltar algunos años, tantos como veinte. Fueron años, donde los Cohen vivieron apaciblemente, llenos de alegrÃa, ejercitando con fervor su religión y viendo crecer a su familia muy unida. Esa vivencia, era algo asà como poder saborear y recuperar cada uno de los vÃnculos familiares que habÃan perdido, por causa o culpa de sus orÃgenes religiosos. Ahora, ya volvÃan a existir los paternos, ni qué decir de los tÃos, primos, hermanos y hasta nietos.
Aquella desgracia parecÃa haber sido apenas una referencia del pasado, el presente y supuesto futuro, sin dudas tenÃa otros matices. Mas, como si se tratase de alguna maldición, la tranquilidad se acabó de repente. Con la toma de poder y fuerza de los nazis en casi toda Europa y, luego de la tristemente famosa “Kristallnacht†(Noche de los Cristales Rotos) ocurrida entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938. Estos altercados dañaron, y en muchos casos destruyeron, aproximadamente 1.574 sinagogas (prácticamente todas las que habÃa en Alemania), muchos cementerios judÃos, más de 7.0 tiendas y 29 almacenes judÃos. Con ello, más de 30.0 judÃos fueron detenidos e internados en campos de concentración; unos cuantos incluso fueron golpeados hasta la muerte.
Los rumanos, quienes no habÃan aún demostrado esa vena de antisemitismo tan cruel, como sà ocurrió en Polonia, Austria, ni qué decir de la misma Alemania, un viernes, uno de esos mismos en que el pueblo judÃo todo celebraba su entrada del sábado, los pobladores de Costesti, concibieron su propio Holocausto. Lo hicieron empujados por el mejor amigo de los judÃos, el cartero del pueblo. Y aquà vale decir amigo, pues cada vez que portaba alguna carta de un familiar proveniente del exterior, como si él fuese responsable de esa buena nueva, de ese motivo de elogio, le era obsequiada una buena propina, una copa del buen vino casero y hasta un buen trozo de Honeyleikaj, de ese bizcocho de miel exquisito.
Pero como Schopenhauer dijo alguna vez, la histeria colectiva, rara vez disminuye su fuerza, muy por el contrario va in crescendo. El cartero, aún no siendo alemán, ni trabajando con los nazis, (tomando también en cuenta de que en Rumania, al final de la guerra y por causa del Holocausto, sólo un 5% de la población judÃa habÃa sufrido de esa aniquilante y por demás inhumano sacrificio) logró enervar los odios y la sed de sangre ese viernes, bajo influjo del alcohol y luego de haber saqueado la mayorÃa de las casas judÃas. Ellos consiguieron a fuerza de palos y de amenazas, meter a todos los judÃos en la sinagoga, los dejaron sin agua ni alimentos hasta el dÃa domingo y ya cerca del mediodÃa, cuando los gritos de los niños se hacÃan notar cada vez más intensos y dolorosos, los sacaron tan sólo para que los hombres se ocuparan de abrir una trinchera. Los obligaron a introducirse en ella y, ya sin pena, dolor ni sentimiento alguno de culpa, los fusilaron, a todos, mujeres, hombres y niños; esta vez ninguno tuvo la suerte de escapar de los esbirros, a todos ellos los aniquilaron, fueron tratados como bestias en el matadero.
Afortunadamente uno de los hijos de Jacob no se encontraba en la ciudad, habÃa ido con su mujer a una fiesta en la capital y como se les habÃa hecho tarde y el shabat estaba a punto de entrar, por temor a que durante el camino llegara el mismo sin poder cumplir el mandamiento de no trabajar el sábado, decidieron quedarse hasta el dÃa domingo. Eso los salvó de la muerte. De allÃ, como en un retorno a su historia, temiendo les sucediera lo mismo, con su dinero y un poco de ayuda de sus amigos, lograron escapar y llegar a un nuevo paÃs, el mismo, que en pocos años habÃa entregado a su padre una parte de sus entrañas. Hoy Jacob y sus descendientes ahora, tranquilos, viven felices en Venezuela y, aunque no se olvidan y sienten que su pasado debe servir como una llamada de alerta, ahora saben y disfrutan que el aire que respiran allÃ, alimenta su libertad.
Samuel Akinin