-Que no, Zulema.
-Que sÃ, Edelmiro.
Y mientras fluÃa el murmullo de insatisfacción en el cuerpo macho acostumbrado a la docilidad, sobre la carretera secundaria, entre el barranco ahocinado y el farallón violeta de angustia y luz mortecina, el vaivén del carromato acunaba el sueño esparrancado de ZulmirÃn, un angelito de verbena que deleitaba su inquiedtud en el caramelo de sus dedos embutidos entre los labios, con fruición compulsiva.
Del barranco ascendÃa un perfume ahilado a floresta en primavera, invadÃa las estribaciones del valle, tintando abetos, pinos, la cabellera alunada de los quejigos malva y perfeccionaba sus ramas tiesas como mascarones negros conquistados
por una lepra de hiedra. Era letal el atardecer para el ave precipitada en el riesgo del vuelo frenético, molÃan las aguas la sintonÃa sorda del asedio y, con acento ojival, las campanas sonaban con ritmo dilatado.
Al escorarse los chopos apareció el caserÃo y la mujer. oxidada la tez por el viento y los caminos,
extendió su brazo de mozo de cuerda.:
-Llegamos, Zulema.
-El pueblo, Edelmiro.
Por el puente rondaba un aire de fiesta prematura
y, al entrar en el barrio bajo, un coro de niños siguió el carromato lento y pacÃfico como un paquidermo de bondad esteparia, canturreando los nombres exóticos: Zulema y Edelmiro...Zulema y Edelmiro...
Con la cantinela y el desquiciamiento del ritmo del vehÃculo, que rodaba ya sobre el empedrado de la plaza, el niño dormido abrió los ojos implorando a su madre. Los faroles ilustraban humildemente la portalada del ayuntamiento, añadÃan un barniz de lánguida vainilla a la posada y prolongaban el baile de las sombras en un juego de crespones sin féretro.
De la cantina, audaz y desequilibrado, brotó un borbollón de voces entorpeciendo edl pasodoble de las primeras parejas que arrimaban un candil de precoz alegrÃa en el espacio semidesierto.
Una vez aparcado el vehÃculo en el lugar conocido,junto al atrio de la iglesia, Edelmiro se dirigió a la casa del alcalde para formalizar su deber administrativo: retirar el permiso de estancia, ya solicitado con anterioridad para evitar la presencia molesta de posibles competidores. La experiencia le habÃa enseñado a ser previsor.
-Aguárdame, Zulema.
-Aquà estaré, Edelmiro.
Comenzó la mujer el azacaneo acostumbrado: preguntar por la conexión eléctrica, empalmar el cable, desarmar la mesita en la parte trasera, disponer las banquetas, colocar los cacharros sobre la cocinilla de gas, ordenar las vasijas necesarias, ir por agua, colgar los regalos, revisar las carabinas, tener a mano las flechas y perdigones en sus envases, repasar las punterÃas y las dianas, limpiar el tablero mostrador, abrillantar perfiles, pulir los cristales y, cuando terminada la faena, giró sobre sà misma observando el lugar exacto de cada objeto sin que ninguna distorsión alertara a su pupila, accionó la palanca, descendió la reja que se ocultó bajo el mostrador y abatió los tableros exteriores.
Eclosionó el bazar exótico contra la noche como una oruga mastodóntica, atrayendo a los curiosos, que abandonaron la danza para comtemplar la tómbola multicolor en cuyo recinto una cabecita negra iba de oriente a poniente agitando el sonajero de una risa loca de nervios y complacencia, mientras loa madre simulaba una persecución de paso corto y largo cariño.
La sombra de Edelmiro se acercó entonces, ahÃta de vino, tejiendo un monólogo insulso para justificar un retraso que ya era costumbre, un hábito de avispado industrial a la búsqueda de clientes. SonreÃa Zulema comprensiva. Edelmiro sonreÃa compungido.
Varios adolescentes reclamaron las carabinas como si fueran a la guerra. Obtuvieron armas y munición adecuadas a su valentÃa de adolescentes. Derrocharon temeridad y, ufanos, con los trofeos en las manos y el orgullo laureando sus sonrisas, se alejaron mostrando su botÃn a las jóvenes curiosas que llegaban mordisqueando la hierbabuena de la provocación.
Cedrraba la noche sus puertas sobre el caserÃo arriscado en la ladera, hacia la sierra, brillando en su vientre el punto de luz de la cantina alborozada.
La fiesta era una barcarola divertida en un tiempo de olvido. Ni trabajos, ni pesares, sólo vino y jolgorio. Un chusco sugirió saludar a Zulema y hacia el barracón se dirigió la patulea de entretenidos, atropellando el paso, dejando en la tasca un aroma acre de sudor, tabaco y desahogo.
La mujer sacudió al marido somnoliento ante la avenida de los parroquianos.
-¿Qué pasa, Zulema?
-Mozos, Edelmiro.
La palabra despabiló al hombre disponiéndose para la atención ponderada y el firme ejercicio del orden, si fuera preciso. Uno de ellos requirió carabina y flechas. Cargó la escopetilla y disparó. Estalló una bombilla entre las risas de sus acompañantes. Edelmiró solicitó cuidado.
-Un descuido...-disimuló el gracioso.
La segunda flecha astilló un espejo. Zulema amansaba la ira. Las carcajadas amargaban a Edelmiro.
-El punto de mira está jodido...-se excusó el patán.
El tercer disparo reventó un neón. El cuarto desinfló un elefante de goma. Edelmiro, acongojado, miraba a su mujer. Y cuando el matón colocó un clavel chico en el carrillo de la hermosa pepona, orgullo de la barraca, Zulema adelantó su cuerpo de matrona hacia el mostrador, sostuvo la mirada del jaque y mostró en sus ojos el penoso calvario del agobio. El guapetón equivocó la lectura del rostro arabizado, vio surgir la reja del mostrador y empalar su cuerpo, contempló su cabeza ensartada en los hierros y reculó con el espanto en la jeta y un grito animal en la garganta. Sin otro gesto, ante el asombro de sus vecinos, emprendió la carrera y se perdió en la noche.
Adelantada la madrugada, el carromato descendÃa del valle entre el rabión alborotado y el farallón violeta, acunando el sueño del niño. El hombre susurró apenas:
-¿Amarraste el deseo, Zulema?
-Amarrélo, Edelmiro.
Su docilidad no acalló la insatisfacción
-Que no, Zulema.
-Que sÃ, Edelmiro.