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Los Reyes Magos de desoriente

Melchor, Gaspar y Baltasar llevaban un largo rato caminando sobre la nieve.

-¿Pero dónde diantres estamos? -preguntó Melchor, quien se había tenido que envolver en su capa para no quedarse congelado.

-No sé… esto no tiene mucha pinta de ser un desierto -respondió Gaspar, asomando un poco la naricilla por encima de la bufanda.

-Un desierto, es… pero de hielo… -puntualizó Baltasar.

-Según mis cálculos deberíamos estar atravesando el Sahara -anunció Melchor mirando un pequeño mapa que llevaba en la mano.

-Pues yo acabo de ver un reno, Melchor… -replicó Gaspar.

-¿Un reno? ¿Y lo dices tan pancho, Gaspar? -preguntó Melchor, abriendo mucho los ojos por la sorpresa.

-No sé, me ha extrañado… pero como ahora el mundo es tan global… -respondió Gaspar encogiéndose de hombros.

-A mí me da que la estrella esta que nos guía se ha quedado sin cobertura o algo… -dedujo Baltasar.

-¿Cómo se va a quedar sin cobertura una estrella? ¡No digas tonterías, Baltasar! -rió Melchor.

-Pues no sé, entonces será la batería… -insisitió el tercer rey mago.

-Ahhhh, ahora lo entiendo… Como es la Estrella Polar nos ha guiado hasta el Polo Norte -exclamó Gaspar, como si acabara de hacer un gran descubrimiento científico.

¿Y eso qué tiene que ver? -preguntó Baltasar, ciertamente desconcertado por dicha afirmación.

-No sé, querría volver a casa… tendrá morriña -argumentó Gaspar.

Los tres Reyes continuaron caminando. Los camellos se hundían en la nieve a cada paso, cargados, como iban, con todos los regalos. Al rato, Melchor se detuvo en seco y exclamó:

-¡Anda, mira! ¡ Un esquimal!

Los Reyes Magos se acercaron al esquimal.

-Buenas tardes, señor -saludó Melchor.

-Señora -respondió el esquimal quien, en realidad, era una mujer esquimal.

-Uy, claro, señora. Disculpe mi torpeza, doña esquimala, pero es que bajo tanta capa de pieles no se sabe si es usted una mujer, un hombre o un oso polar… ¿sabe por dónde se llega al desierto del Sahara? -preguntó Melchor.

-Lógicamente, por abajo -indicó la esquimal.

-¿Lógicamente? -preguntó Baltasar con desconcierto.

-Sí, si siguen ustedes para arriba se salen del mundo -argumentó la esquimal con tono de estar diciendo la mayor verdad del mundo.

-Pues sí, tiene su lógica -murmuró Baltasar para si, mesándose la barba.

-¿Y ustedes quiénes son? -preguntó el esquimal, entornando mucho los ojos a causa de la desconfianza que le producía encontrar a tres señores con tres camellos en mitad del inhóspito Polo Norte.

-Melchor,

-Gaspar,

-Y Baltasar. Somos los Reyes Magos de Oriente.

-Hmmm, pues muy orientados no están… -respondió la esquimal. Luego, dijo: -Miren, ustedes sigan todo para abajo, todo, todo para abajo. Y cuando lleguen a España, más para  abajo. Y ya en el puerto de Tarifa embarcan en un Ferry y cruzan el Estrecho.

-¡Uy, si es Estrecho será un camino corto! -celebró Gaspar, a quien el camino ya se le estaba haciendo un poco largo.

-No se crea… ¡Ancha es Castilla! -contradijo la esquimal.

-Bueno, pues gracias, eh, doña esquimala… Aquí le dejamos ya los regalos que le corresponden a usted.

-¡Un momento! -interrumpió Baltasar, sujetando fuertemente los paquetes para la esquimala.   -¿Ha sido usted buena?

-Claro, me he portado fenomenal, ¿acaso lo duda?

-No, lo digo por eso de “Esquimala”… ¿Ha sido usted “Esquibuena”? -insistió Baltasar.

-¡Uy! ¡Esquibuenísima! Me he portado fenomenal con mis toooodos mis vecinos este año (con los cuatro). He metido varios glaciares en mi congelador (para evitar el deshielo, ya saben) y he salvado a cinco focas de ser devoradas por una orca (la orca murió de hambre, pero bueno, mejor uno que cinco…)

-¿La bondad se mide por unidades o al peso, Melchor? Es una duda que
siempre tengo… -preguntó Gaspar entre dientes.

-¡Ya no como ni pececillos de lo buena que soy! Me he hecho vegetariana -continuó hablando la esquimal.

-¡Vaya! ¡Y nosotros que le traíamos como regalo una caña de pescar! -se lamentó Melchor.

-Buena es. Esa se la endiño yo a mi cuñado por su cumpleaños, no tengan pena -respondió rápidamente la esquimal, agarrando el paquete.

-¡Nos ponemos en marcha! Gracias por su ayuda y que siga usted siendo tan
esquibuenísima -se despidió Melchor.

Y los tres Reyes Magos, algo más orientados que al principio, comenzaron a caminar hacia abajo, siempre hacia abajo. Mientras se alejaban, la esquimal les gritó:

-Recuerden: todo para abajo, tooooodo para abajo. Y llegan.

Después, dijo para sí:

-Qué señores más majos que van repartiendo regalos por ahí… me recordaban a Papá Noel… pero qué renos jorobados tan raros llevaban…

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