HabÃa una familia de apellido Ornelas que tenÃan un hijo llamado Oscar. El pequeño Oscar, desde apenas un año de nacido, tuvo la dicha de ser un niño cuentista. Su hermana mayor, su mamá, su papá y a veces los abuelos, tenÃan la impostergable tarea de leerle un cuento a Oscar todas las noches antes de acostarse; es más el pequeño no podÃa conciliar el sueño, si no escuchaba su acostumbrado relato.
Asà fueron pasando los años y Oscar iba creciendo, siempre acompañado de sus cuentos, claro que ya no se lo leÃan, si no que después de los seis años, cuándo aprendió a leer, él mismo hacÃa sus propias lecturas, y ya no antes de acostarse, ahora leÃa y leÃa cuentos a cualquier hora del dÃa y en cualquier sitio, siempre y cuando estuviese desocupado.
Siguieron pasando los años y el pequeño Oscar se hizo adolescente, todo le fue cambiando poco a poco, menos, su amor a los cuentos.
Viviendo y superando cada etapa de su vida, Oscar se hizo hombre, y tuvo hijos, a los cuales les leÃa aquellos cuentos que parecÃan despertar de su mente, para crear nuevas fantasÃas en la inocencia de sus hijos.
El tiempo jamás se detuvo, y Oscar se convirtió en abuelo, y entonces con renovadas energÃas y no menos entusiasmo el abuelo Oscar leÃa cuentos a sus nietos para mantener viva la tradición cuentÃstica añejada durante muchos años.
Sesenta años después, Oscar todavÃa conservaba aquel manojo de libros con hojas amarillentas que tenÃan el sello de su letra de niño con la leyenda de: “Pertenece a Oscar Ornelasâ€, donde estaban sembradas aquellas frases de:â€HabÃa una vez...â€,â€Esto ocurrió hace mucho...â€,â€En un lejano...†frases éstas que por sembradas, brotaron y germinaron el género del cuento en la vida de aquel niño que supo cultivarlos, disfrutando diariamente su lectura.