Él se adelantó para observar la calle antes de retirarse del albergue. Nunca descuidaba ciertos detalles y aunque trataba de disimularlo, se incomodaba cuando trascendÃa alguna de sus aventuras con alguna mujer. A pesar de ser soltero y de no tener compromisos serios, le preocupaba la posibilidad de empañar su imagen con cualquier actitud o comentario que pudiera considerarse un deslÃz o una conducta inapropiada.
La calle estaba tranquila, solitaria. Las frondosas copas de los árboles, apenas si dejaban pasar algo de la claridad del alumbrado público. Caminaron en silencio, refugiados por las sombras, hasta que estuvieron lejos del hotel y recién comenzaron a hablar cuando las luces de la calle hicieron visibles sus jóvenes rostros.
La charla era circunstancial, simple. HabÃan entablado una relación Ãntima desde hacÃa algún tiempo y aunque sabÃan que era de un futuro incierto, siempre hacÃan planes para volver a encontrarse. Seguramente sobre eso giró la breve conversación o tal vez se referÃan a que se habÃa hecho tarde y que pocas horas después, ambos, deberÃan concurrir a sus empleos.
Al llegar a la ancha avenida en diagonal, le hicieron señas a un coche de alquiler, que giró en "U" y retomó la avenida para acercarse. A esas horas, serÃa el único taxi en varias cuadras a la redonda.
Cuando el auto se detuvo, ella se demoró un momento para decirle algo antes de ascender y se despidieron con un beso. Un colectivo pasó ruidoso cuando se volvieron a saludar a través de la ventanilla. Ella ascendió al vehÃculo y se acomodó en el asiento mientras él cerraba la puerta.
El coche arrancó y la mujer le devolvió una sonrisa cuando se alejaba sin dejar de mirarlo, mientras él se extasió una vez más observando aquellos grandes ojos azules que lo habÃan atrapado.
En eso estaba cuando escuchó el primer estampido. Al principio, creyó que sólo le habÃa parecido. Pero al girar la vista por la avenida, vio claramente a dos o tres individuos que corrÃan por el asfalto en dirección hacia él, al tiempo que se tiroteaban con otras personas que se desplazaban por la acera.
En un primer momento se quedó paralizado, observando la situación desde el medio de la avenida, pero bastó un solo estampido más para que saliera disparado del lugar buscando un lugar donde refugiarse. Raudamente corrió hacia una de las calles transversales, tropezando con las baldosas sueltas y llevándose por delante los cajones de basura que estaban en la acera.
La providencia le hizo encontrar un zaguán cuya puerta del frente -quién sabe por qué rara coincidencia del destino- estaba abierta. Allà se metió e intentó abrir la cancel pero estaba cerrada con llave. Entonces, se puso en cuclillas y apretó su cuerpo contra el fondo esperando no ser visto al amparo de la oscuridad del lugar. No habÃa luces en la casa y esto le permitÃa ver parte de la calle con cierta claridad.
Se escucharon varios disparos más, luego, unos gritos y corridas que parecÃan alejarse. No atinaba ni a moverse por temor a que, en el profundo silencio de la noche, cualquier ruido pudiera delatarlo y lo confundieran con uno de los partÃcipes de lo que estaba sucediendo.
Fue entonces cuando escuchó los pasos presurosos de alguien que, aparentemente calzando zapatillas, se acercaba al lugar. Casi de inmediato, la sombra de una persona se detuvo frente a la entrada del zaguán cuya puerta, vista desde la oscuridad del fondo, parecÃa una gran boca abierta, iluminada apenas por el mortecino reflejo del alumbrado que se filtraba entre las hojas de los árboles.
Asà apareció recortada, sobre la tenue claridad que venÃa de la calle, la figura de aquella persona que cubrÃa su cabeza con un pasamontañas o algo similar. Casi se le escapa una exclamación cuando se asomó a la puerta y buscó refugió en el lugar.
Aterrado, contuvo la respiración al tiempo que observaba la silueta joven y alta, que jadeaba casi desfalleciente y sostenÃa lo que parecÃa un arma en su mano izquierda. Esto lo hizo permanecer más silencioso aún.
Aquel individuo se quedó allÃ, como intentando recuperar el aliento, asomando cada tanto la cabeza y mirando para ambos lados de la calle. Esa situación se mantuvo asà por un tiempo que le pareció toda una eternidad. PodÃa escuchar claramente cómo la respiración del circunstancial compañero de refugio se iba normalizando.
Los latidos de su corazón se aceleraban con cada movimiento del individuo y martillaban sus sienes de manera ensordecedora. Por un momento creyó que iba a desmayarse o que su corazón iba a estallar.
Tuvo la intención de hablarle, pero temÃa que la sorpresa hiciera que aquella persona lo tomara por uno de sus perseguidores, entonces decidió callar. Aunque también pensó que podrÃa descubrirlo allà agazapado y todo se precipitara quién sabe hacia qué final.
Estas cavilaciones lo atemorizaban cada vez más y lo mantenÃan como petrificado. De a ratos, la mente se le ponÃa en blanco, dejaba de pensar y quedaba como ausente. Creyó que por momentos hasta dejaba de respirar.
Ayudado por el silencio reinante, podÃa escuchar a aquella persona murmurar palabras incomprensibles. El individuo emitÃa pequeños sonidos cortos, agudos, que eran como una especie de quejidos que revelaban su estado de angustia, desesperación y rabia. VolvÃa a asomarse, miraba con impaciencia para uno y otro lado, luego se agachaba y quedaba en silencio mirando el piso, como intentando captar algún sonido.
Tal vez, él solo busca un modo para salir de esta situación -Pensó, tratando de tranquilizarse-. Con la vista acostumbrada a la oscuridad del lugar, podÃa verlo casi con claridad.
Aunque el individuo, que parecÃa no haberse percatado de su presencia en aquel lugar, de pronto fijó su mirada en el fondo del zaguán, escudriñó lentamente la oscuridad y detuvo su atención en el rincón donde él estaba; pareció dudar por un instante, se volvió, oteó la calle hacia ambos lados repitiendo lo que habÃa hecho casi permanentemente, miró hacia adentro una vez más y salió caminando.
Él permaneció allÃ, quieto, silencioso, tratando de escuchar los pasos del individuo al alejarse, pero le resultó imposible. Solo podÃa escuchar el ruido de una locomotora que hacÃa maniobras en la cercana estación de ferrocarril, mezclado con el de algunos coches y colectivos que empezaban a darle vida al nuevo dÃa. Casi amanecÃa cuando finalmente decidió abandonar el zaguán.
Los gorriones alborotaban con ruidosa algarabÃa las espesas copas de los árboles y la claridad del cielo se mezclaba ya con las mortecinas luces del alumbrado público que permanecÃan encendidas.
El dÃa se anunciaba caluroso. Se sentÃa sofocado y quizá por la tensión del momento que le habÃa tocado vivir, sus pulmones no hallaban en la brisa matinal, la sensación vivificante de frescura que esperaba encontrar al salir de aquel lugar.
Mientras caminaba, semi entumecido, por la vereda de la ancha diagonal que se poblaba ya de transeúntes, sus pensamientos no lograban apartarse de aquella silueta recortada en el marco del zaguán.
Dio unas vueltas recorriendo las calles del centro, deteniéndose frente a algunas vidrieras para observara través de las cortinas de enrejadas los artÃculos expuestos. Aún después de pasadas más de dos horas, seguÃa conmocionado por la situación. Mientras caminaba totalmente ajeno a lo que sucedÃa a su alrededor, trataba de entender lo que habÃa sucedido.
Tal vez nunca podrÃa dilucidar el enigma puntual de aquel momento. Por esos tiempos, aquellas situaciones se reiteraban casi de manera permanente y la sociedad se acostumbraba dÃa a dÃa a los tiroteos nocturnos, en los que muchos activistas y militantes polÃticos, se enfrentaban entre sà o con las fuerzas de seguridad. No entendÃa muy bien cual habÃa sido la situación por la que habÃa pasado y no dejaba de preguntarse si aquella persona simplemente no lo habÃa visto o solo habÃa decidido ignorarlo por algún motivo.
Bruscamente, alguien lo sacó de sus pensamientos cuando lo saludó al llegar a la esquina. AsÃ, volvió a tomar contacto con la rutina cotidiana, compró el periódico y encaminó sus pasos hacia "Lo de Pancho", el bar en el que solÃa tomar un café antes de entrar al trabajo y en el que alguna vez, se habÃa enredado en aquellos ojos azules que volvieron a ocupar sus pensamientos...
Donato DÃaz
21 diciembre, 1999
Es una muy buena imágen de época. Has traÃdo a mi memoria, momentos que parecÃan haber quedado en el olvido, pero subyacen en nuestro inconciente, más allá del tiempo y del espacio. Cosas que no deben ser olvidadas. Gracias y un caluroso abrazo