«─Es perfecta, pero no está a tu altura ─concluye, disconforme. ─En Halloween mandas tú… ─concede el hombre. La ofrenda es una adolescente muy alta, casi tanto como la diablesa que le estruja el cuello. El ser troncha las piernas de la víctima indefensa valiéndose de una garra poderosa; luego, compara los restos ensangrentados con su benefactor. ─¡Ahora sí está a tu misma altura! El vigilante del cementerio, complacido, recibe su paga en oro. ─Y para la próxima, búscate una de tu tamaño… ¡La carestía es mucha, y me da pena desperdiciar la comida!»