Era una mujer joven, de unos veinticinco años. VivÃa con su marido en una pequeña casa donde habÃa pasado los mejores años de su corta vida. No tenÃa hijos pero si habÃa conocido el amor de la mano de un hombre maravilloso, un hombre del mar, un pescador. Un dÃa llamaron a su puerta unos hombres; los reconoció enseguida, eran los compañeros de faenas de su marido. Su corazón latió como nunca cuando le dieron la triste noticia; su esposo, el amor de su vida, habÃa caÃdo al mar y habÃa desaparecido. La tempestad se habÃa tragado el cuerpo del marinero y la ilusión de ella por vivir.
Pasaron los años, años sin luz, sin fe, sin esperanza... sin vida.
Ya peinaba canas y las arrugas formaban parte de su rostro sombrÃo cuando alguien llamó a su puerta. Era un mensajero que traÃa un paquete anónimo, al parecer un regalo de algún admirador o un conocido. Cuando abrió el paquete descubrió en su interior una radio antigua, de madera. Atada al dial habÃa una cinta con un papel con unos números manuscritos, al parecer una emisora. La mujer pulsó accidentalmente un botón y en un instante volvió la música a la casa que tantos años guardó silencio. Sintonizó la emisora que indicaba el papel; parecÃa ser una emisora sólo de música, sin programas definidos, sin gente que presentara las canciones, sin noticias, sin entrevistas. Sólo música. Y lo más curioso es que en cierto modo le gustaba aquella música, le hacia sentirse bien...
Decidió pues que aquella radio serÃa su compañera en sus faenas diarias, en su deambular por la casa, casi fantasmagórico hasta entonces. Al levantarse siempre sonaba alguna canción rápida, que la animaba a empezar el dÃa. Por la tarde solÃa escuchar canciones que hablaban de viejos tiempos, canciones olvidadas por mucha gente. En la soledad de la noche, cuando más atacan los recuerdos, sonaba música lenta que la relajaban y hacÃan que su alma descansara. Si lloraba la música la animaba y le daba fuerzas; si reÃa la música la acompañaba. Era su amiga, su cómplice que le devolvÃa la vida.
Asà pasaron los años hasta que un dÃa al ir a encender la radio, de ésta no salió ningún sonido. La mujer pensó que como a todo, le habÃa llegado su hora y se fue al pueblo decidida a comprarse otra. Al regresar con la radio nueva buscó la emisora del papel pero en ese punto del dial no se oÃan más que ruidos y estática. Sin embargo cuando ponÃa otras emisoras si se oÃan bien. Desconsolada, estaba a punto de asumir que la emisora que la habÃa acompañado tantos años habÃa dejado de emitir cuando la vieja radio volvió a funcionar. Sonaba una canción antigua que hablaba de amor y nostalgia. Intentó sintonizar rápidamente la emisora en la radio nueva pero seguÃa sin captar nada. Y qué sorpresa se llevó al comprobar que la vieja radio estaba desenchufada!! Pero no porque la habÃa desenchufado ahora...llevaba más de treinta años funcionando sin electricidad. Asustada la apagó y fue a buscar un técnico que le diera una explicación a tan insólito hecho. Pero el técnico al examinar la radio se quedó boquiabierto; no habÃa ningún cable dentro, era imposible que aquella caja de madera hueca pudiera emitir ningún sonido. Pero vaya si lo emitÃa! La mujer pidió al técnico que guardara silencio; ella sólo querÃa seguir teniendo la compañÃa de aquella radio. Y el pacto se selló quedando silenciado aquel hecho increÃble.
Toda una vida paso aquella mujer escuchando la vieja radio hasta que llegó su hora. En su lecho de muerte la radio permanecÃa apagada. Unos vecinos cuidaban de la anciana en sus últimas horas; ella deliraba y recordaba aquellos maravillosos años con su marido. Una noche mientras todos dormÃan la anciana conectó la radio; necesitaba que la música la asistiera en su última hora que veÃa llegar. Del aparato no salÃa música; por primera vez habÃa una voz que hablaba, una voz dulce, muy agradable. Miles de recuerdos volvieron a su ser cuando reconoció la voz de su marido desaparecido en el mar.
Contaba una historia, la de su último dÃa en la tierra. Hablaba de una gran tempestad, de enormes olas azotando el pesquero. De un cabo tendido en el suelo que le hizo tropezar. Del intenso frÃo que sintió al caer al agua y del final de su vida. Después contó la historia de una mujer que perdió su juventud entre lágrimas y amargura, y una terrible soledad, y un silencio infernal. También contó como un mensajero entregaba una vieja radio, o mejor dicho, la carcasa de una vieja radio a aquella mujer. Y por último contó como aquella radio le devolvió la vida a la mujer animándola a afrontar el mañana como un nuevo reto. Al final dijo una frase de despedida:
"Te amé tanto que sacrifiqué el descanso de mi alma por lograr tu felicidad"
En ese momento la emisión acabó; se escuchó la estática un rato y después la radio se apagó sola. Los vecinos al oir el ruido se despertaron y descubrieron el cuerpo inerte de la mujer. En sus labios se dibujaba una sonrisa. Su alma reposaba en paz y la alegrÃa habÃa inundado los últimos momentos de su vida. Los vecinos comprendieron; por fin supo algo de su marido, por fin fue plenamente feliz.
Hermoso cuento lleno de ternura, entrega y magia. Gracias por compartirlo