Fue una noche del 31 de octubre de hace mucho, mucho tiempo, unos jóvenes aburridos y gamberros en un pueblo decidieron entrar en el cementerio municipal y profanar la tumba de un viejo panteón. Al principio les pareció una idea muy divertida, pero, sin saber por qué, la acción desencadenó un gran estruendo durante la noche. Los vecinos del lugar, alertados por el bullicio, acudieron armados al cementerio. Pensando que los dos jóvenes eran fantasmas, arremetieron con machetes y disparos de fusil hacia cualquier movimiento en el interior del panteón. Podéis imaginar el triste final que sucedió en esa sobrecogedora noche del 31 de octubre... ¿La moraleja? Nada de liarla en los cementerios, que son lugares para respetar.