ACTO I
Escena I (Persia está en su casa, tejiendo. Rosaura, su criada, regresa del mercado).
Rosaura (suspirando): Lugar infernal ese mercado, semejante al templo que libró Jesús de la corrupción. Qué usureros los mercaderes, buitres, sabandijas sedientas de maravedÃes. Pero una no carece del todo de ingenio, y asà no volverán a darme palomas por faisanes.
Persia: Deja de quejarte, mujer, que no es menester pasarse la vida agriando el corazón, hasta que la muerte cruce nuestro umbral. Cambia la razón de tu pesar, pues, vete a otro mercado, no tan suculento en telas, especias y otras cosas como éste, pero al menos más amigo de mis oÃdos.
Rosaura: Buenas somos yo y mi pereza para probar suerte en otro sitio, sabiendo eso que dicen de “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocerâ€.
Persia (deja de tejer): Haz lo que te plazca, pero no contamines todos los dÃas la calma de mi casa, porque mi paciencia tiene un fin, y la ciudad muchas criadas sin amo.
(Rosaura hace un mohÃn y se va con las cestas de comida a la alacena. En ese momento llama alguien a la puerta).
Persia: ¡Rosaura! Date prisa y abre, que no es signo de buena cuna el dejar a las visitas pasmados en la entrada.
(Rosaura no contesta porque está en el patio, tendiendo unas prendas al sol).
Persia: ¡Rosaura! Por culpa de esa infeliz seré yo al final la mal nacida. No será asÃ. ¡Ya voy!
(En la puerta está el Alguacil de la guardia).
Persia (en voz baja): La ley en mi casa, ¿qué rastro habrá dejado la noche?
Alguacil: ¿Persia es el nombre de vuestra merced? Si es asà debéis acompañarme.
(En ese momento aparece Rosaura).
Rosaura: ¡El alguacil se lleva a mi ama! ¿Qué ocurre, señora?
Persia: Calla y sigue con tus tareas, que una vez que haya salido, mucho no tardaré en regresar.
Alguacil: No os prometo tal, pero yo también quisiera que asà ocurriese. Se hará lo que en nuestra mano esté, y vayamos ya que la demora ningún favor nos hace.
(Se van, y al cabo de un rato viene Apolonio, el joven amante de Rosaura).
Rosaura: Bien has ajustado la llegada, que casi te reúnes con mi ama y el alguacil.
Apolonio (con gesto de extrañeza): ¿El alguacil? ¿Ha estado aqu�
Rosaura: Ya te lo he dicho, y la razón quisiera saber, pero tan pronto como vino se llevó a mi señora. Dios quiera que nada malo le ocurra.
Apolonio: Nada podemos hacer sino esperar, y entretanto aguardamos, podrÃamos hacer eso que me ha traÃdo aquÃ.
¿O la preocupación te impedirá quitarte las ropas?
Rosaura: La preocupación no, pero tal vez sà tu propia lengua. Muestra más respeto por mi ama, que no es precisamente agradable lo que se le avecina.
Apolonio (dirigiéndose hacia la puerta): Será mejor que me vaya por donde vine, y aquà paz y después gloria.
Rosaura: Paz es lo que te deseo yo, necio, y más locuacidad para el futuro.
(Apolonio se va dando un portazo. Rosaura se sienta en la silla donde estaba tejiendo Persia, y se queda pensativa).
Escena II (Persia y el alguacil acaban de llegar a la ComisarÃa).
Alguacil: Vuestra merced tiene un hermano, ¿no es as�
Persia (desconcertada): SÃ, marchó a luchar a Flandes, hace un año ya que no sé de él.
¿Por qué? ¿Acaso algo le ocurrió?
(El alguacil no le contesta. En su lugar, le hace señas para que le siga).
Persia (en voz baja): Esta intriga me corroe. ¿Murió mi hermano en la batalla? Si eso hubiera sucedido, habrÃa visitado mi casa una carta funesta, y no este hombre que nada me quiere decir.
(Llegan a una sala de enfermeros, donde un hombre está tendido sobre una camilla).
Alguacil: Acercaos y decidme, ¿es este vuestro hermano?
(Persia se aproxima con cautela): No, una cicatriz cruza la frente de mi hermano, recuerdo de una vieja pelea.
Alguacil (pensativo): DarÃa de mi propia vida una parte por saber la razón que llevó a este infeliz a decir que era vuestro hermano. Os pido perdón por este sobresalto. Permitidme acompañaros hasta la salida.
(Persia sale de la ComisarÃa y va a ver a Flavio, su amante).
(Le recibe Grisalda, ama de llaves de Flavio).
Persia: Buenos dÃas, muchacha, ya sabes por quién pregunto.
Grisalda: Pues sepa vuestra merced que no lo recuerdo bien. Tal vez un maravedà me aclarase la memoria.
Persia: ¡Hoy te levantaste insolente! QuÃtate de delante, necia, o hago que recibas un buen castigo.
Grisalda (enfurecida): Insolente dice, la dama de alcoba. Harta estoy de que vengáis dÃa sà y dÃa también como si esta ya fuera vuestra casa. Dadme un maravedà o no pasáis.
Persia: ¡Flavio! ¡Flavio! Ven que esta no me deja entrar.
(Flavio llega corriendo desde el piso superior)
Flavio: ¿Qué son esas voces, que se oyeron desde mi alcoba?
Persia: Grisalda no me deja pasar. ¡Qué criada más desprendida!
Flavio (dirigiéndose a la sirvienta): Muchacha, no seas avariciosa, falta te hace aprender a esperar.
Grisalda (con gesto burlón): Mal no hace una monedita en el bolsillo.
(Persia y Flavio van al salón. La joven se sienta, pero él permanece en un rincón).
Persia: Acércate, ¿por qué no vienes a mi lado?
Flavio (con voz triste): Algo ha sucedido. Una tragedia, tu hermano ha muerto.
Persia: Es la segunda vez que oigo eso hoy. ¡Basta de decirlo, que tanto va el cántaro a la fuente que al final acaba por romperse!
Flavio: He estado por Flandes, y allà lo vi. Poco antes de volver a España, supe de su muerte. ¿Y si esta es la segunda vez, cuándo fue la primera?
Persia: De la ComisarÃa vengo precisamente, de ver el cadáver de un hombre que dijo ser mi hermano. Un infeliz, un loco.
Flavio: Tal vez te conocÃa. O a tu hermano.
(Persia mira al suelo. Algunas ideas extrañas le pasan por la cabeza).
Persia: Mi hermano ha muerto. Dime, ¿fuiste su camarada en la guerra?
Flavio: Tanto como pude, pues tenÃamos cometidos distintos.
ACTO II
Escena I (Rosaura está en casa haciendo labores. Pasan una carta por debajo de la puerta).
(Rosaura la recoge y la lee detenidamente).
Rosaura: ¡Dios bendito! ¡Qué peligro es el que acecha! Más vale que me dé prisa en pedir ayuda, antes de que todo esté perdido.
(Sale de la casa y va en busca de Apolonio, que está cepillando a un caballo en unas cuadras).
Rosaura: Deja eso, amor, y sÃgueme sin preguntas, que el honor y la vida de mi ama están en juego, y el tiempo se suma a sus enemigos.
Apolonio: ¿Qué ocurre? ExplÃcame eso que dices, porque suena grave, y me estás poniendo nervioso.
Rosaura: Por el camino lo hago, que cada segundo perdido es un segundo que se le escapa a mi ama. Vamos, no seas cobarde.
(Los dos echan a correr por la calle y al cabo de unos minutos llegan a casa de Flavio. Apolonio llama a la puerta como si no sucediera nada).
Grisalda: ¿Qué se os ofrece a vosotros? Mi amo está ocupado.
Rosaura: A quien venimos a ver es a Persia, sabemos que está aquÃ, porque se fue a la comisarÃa, y eso está a dos calles de aquÃ.
Grisalda (burlona): Persia ya se fue. Buscad en otra parte.
Rosaura: ¿Y ese pañuelo que hay sobre esa mesa? Es de mi ama.
(Grisalda intenta cerrar la puerta, pero Apolonio se lo impide).
Apolonio: Mala puta, déjanos entrar o te quito la vida aquà mismo.
(La sirvienta de Flavio no da el brazo a torcer y el muchacho la aparta de un empujón).
(Buscan a Persia y la encuentran tumbada sobre la alfombra. Flavio tiene un cuchillo en la mano).
Apolonio: ¿Qué le has hecho, canalla!
Flavio: ¡No era nada más que una vil traidora, que conspiraba contra el rey!
(Apolonio lucha con Flavio y consigue matarlo).
(En ese preciso instante Grisalda surge de un rincón y apuñala a Apolonio y a Rosaura).
Grisalda: Como soy la única que queda con vida, todo será para mÃ.
Rosaura (agonizante): Espera, que para ti también hay.
(Rosaura coge el cuchillo, que Grisalda habÃa dejado sobre un mueble, y se lo clava en el pecho).
(Las dos mujeres mueren casi al mismo tiempo. Luego la casa queda en silencio).
(Al cabo de un rato llega el alguacil con varios guardias).
Guardia 1: ¡Buena carnicerÃa! Cayeron los amos y los siervos, sin distinción.
Alguacil: Persia era, asà lo revelaba la nota que encontramos entre las ropas del que decÃa ser su hermano, una conspiradora. Mas, ¿contra qué?
(Se arrodilla junto a Persia) (Con tono pensativo): En este tiempo que nos toca vivir, hay por doquier multitud de voces discordantes contra el poder.
Guardia 2: Al menos estos ya están muertos. Lástima por Don Flavio.
(Ya no dicen nada más. Se marchan apesadumbrados y todo vuelve a estar en silencio).