Érase una vez una campesina cordobesa llamada Rebeca, que vivÃa con su familia en una pequeña aldea al norte de la provincia cuyo nombre ahora no recuerdo. CorrÃa el año 1807.
Rebeca era una muchacha muy linda, sus cabellos eran dorados como el sol y a ambos lados de su carita de luna tenÃa dos hermosas amapolas que hacÃan resaltar el hermoso color de sus ojos.
Pero no sólo era bonita, sino que su beldad iba pareja a un corazón de oro que no le cabÃa en el pecho, y a una laboriosidad y entrega que muy pocos tenÃan.
Rebeca era la segunda de siete hermanos, cuatro mujeres y tres varones, y se pasaba el dÃa ayudando en las tareas del hogar. Mas cuando llegaba la noche, y todos se iban a dormir, Rebeca salÃa de la casa a escondidas e iba a una cueva, no lejos de su aldea. Allà le esperaba Diego, su amor. Después pasaban la noche cabalgando por los campos en el caballo blanco del joven, o tumbados bajo una encina contemplando las estrellas y amándose. Rebeca era muy feliz, y Diego también se sentÃa asà por tener a aquella princesa.
Pasó el tiempo y llegó 1808, y con él la guerra contra los franceses. Diego fue llamado a filas, y antes de ir a combatir, se despedió de su Rebeca. Con lágrimas en los ojos, le prometió a su amada que volverÃa, tarde o temprano, y que por favor le esperase.
Rebeca no dijo palabra alguna, sólo lloró y lloró mientras lo abrazaba con todas sus fuerzas.
Asà pues, Diego se marchó, dejando a la pobre muchacha destrozada. Pasaron las semanas, los meses, .....los años, y la guerra fue desplazándose hacia el norte de la PenÃnsula. Por esto, los supervivientes de los frentes del sur regresaron a sus hogares. Volvieron los tres hermanos de Rebeca, los otros muchachos de la aldea, .....pero Diego no dio señales de vida.
Una noche, acudió a la cueva donde se solÃan encontrar, pero no estaba. Entonces Rebeca cayó en una profunda depresión, de la que parecÃa que nunca iba a salir. Hasta que conoció a Manuel.
Manuel era un muchacho de más o menos la edad de Diego que habÃa llegado desde la capital para ayudar a su padre viudo en las tareas del campo, pues éste ya iba siendo mayor.
Una mañana, caminaba Manuel por las sinuosas callejas de la aldea cuando vio a Rebeca. En ese justo instante quedó prendado de la bella joven, y preguntando a su padre por ella, empezó a cortejarla.
Al principio, la muchacha le rechazaba, acordándose de la promesa que años atrás le habÃa hecho Diego, pero poco a poco fue dejándose querer, creyendo que aquél ya nunca volverÃa.
Rebeca volvió a sentirse feliz, en los brazos de su nuevo amor, quien además le habÃa sacado del oscuro y profundo pozo donde habÃa permanecido tanto tiempo. Un dÃa, en el que el sol brillaba como nunca en medio de un cielo limpio y azul, y una brisa fresca lamÃa el verde y bronce de los campos, Rebeca y Manuel salieron a dar un paseo por los alrededores de la aldea.
Estaban a punto de dar la vuelta para regresar, cuando oyeron el galopar de un caballo. Cada vez era más fuerte, lo que significaba que iba hacia ellos.
Rebeca miró hacia el lugar de donde venÃa el sonido y vio un hermoso caballo blanco, montado por un hombre. Su corazón comenzó a latir con mucha fuerza, una terrible idea le asaltaba la cabeza..... El caballo y su jinete llegaron hasta ellos y se detuvieron. Entonces Rebeca miró el rostro del jinete, sus temores se habÃan confirmado: aquel hombre era Diego.
Casi inmediatamente sus ojos se llenaron de lágrimas y sintiéndose mal, cayó al suelo. Manuel, que conocÃa la vieja historia de los enamorados, le recriminó a Diego por haberle destrozado la vida a la pobre, y le dijo gritando que si no desaparecÃa, irÃa a por su escopeta y lo matarÃa.
Diego le respondió que se callara y se marchara si no querÃa ser él el cadáver, porque le habÃa hecho una promesa a Rebeca, y la acababa de cumplir. Manuel no dijo nada, sólo salió corriendo hacia la aldea.
Mientras tanto Rebeca, que no dejaba de llorar, le rogó a su antiguo amor, con una voz que daba lástima oÃrla, que le dijera por qué no habÃa regresado cuando la guerra abandonó el sur.
Diego calló un momento, y luego con lágrimas en los ojos le dijo que los franceses lo habÃan hecho prisionero y que no le soltaron hasta poco después de terminar la guerra.
Un sentimiento de arrepentimiento y perdón inundó el alma de Rebeca, habÃa dudado de su amor, le habÃa dado la espalda, y en cambio él jamás la habÃa olvidado.
En ese momento llegó Manuel, armado con su escopeta, y sin miramientos apuntó a Diego y disparó. Después ocurrió todo muy deprisa. Rebeca se levantó del suelo y se puso en la trayectoria del balÃn, justo antes de que alcanzara a Diego, y luego se desplomó malherida. LLeno de rabia, Diego corrió hacia Manuel. Éste estaba tan confuso y asustado que casi inconscientemente volvió a disparar el arma.
Diego lanzó un grito de dolor y cayó al suelo.
Antes de morir, y con sus últimas fuerzas, los dos enamorados unieron sus manos, como sÃmbolo de que estarÃan juntos para toda la eternidad.
Por su parte Manuel, temblando de lo nervioso que estaba y con el corazón roto por lo que habÃa hecho su Rebeca, fue hasta un despeñadero que habÃa por allà y se lanzó al vacÃo.
Al dÃa siguiente encontraron los cadáveres, los enterraron, los lloraron y nunca más volvieron a hablar de ellos.
FINAL