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En El Reino de Miriñán había una preciosa casa en la cumbre de una montaña muy alta. Era el hogar de un niño extraordinario que crecía feliz junto a su familia. ¿Adivinas su nombre? Mumablue, se llamaba.
Mumablue tenía un don especial: movía objetos con la mente, detenía la lluvia para poder salir a jugar e incluso hablaba con Lori, su mascota.
Una noche, una luciérnaga entró por la ventana, despertó a Lori y le dio un mensaje para Mumablue, que dormía a pierna suelta. Apenas asomaron los primeros rayos de sol, Lori despertó a Mumablue.
– Una luciérnaga me ha dado un mensaje para ti. Dice que los unicornios necesitan tu ayuda.
– ¿Unicornios? Pero si los unicornios no existen -se sorprendió Mumablue.
Lori le explicó que hubo un tiempo en el que los unicornios convivían con los habitantes del Reino de Miriñán, pero la codicia llevó a los hombres a apoderarse de todos los huevos de oro de los que nacían los unicornios, provocando así su desaparición. Solo uno de ellos quedó en el Reino. Su nombre es Otis.
La luciérnaga aseguró que los unicornios que lograron huir se escondieron en la isla de las Oropéndolas y que había visto a Otis en el bosque púrpura. Mientras Lori detallaba su encuentro con la luciérnaga, Mumablue se ponía sus zapatos.
– Mumablue, solo tú puedes ayudar a Otis a encontrar a su familia -explicó Lori.
Una vez partieron en busca de Otis, Mumablue pensó en su familia.
– Debería haberlos avisado para que no se preocuparan -se dijo.
De pronto, Mumablue escuchó un ruido. Se giró y entonces contempló al ser más bello que
sus ojos habían visto jamás.
– ¡Hola, Otis! Soy Mumablue -saludó el pequeño.
Otis se llevó un susto tremendo y salió corriendo.
– ¡Espera, por favor, detente! ¡Solo quiero ayudarte a encontrar a tu familia! -gritó Mumablue.
El unicornio se detuvo y escuchó las palabras de Mumablue, que logró convencerle para ir en busca de su familia. Mumablue subió a lomos de Otis como pudo, puesto que nunca antes había montado en unicornio.
Mumablue, Lori y Otis volaban hacia la isla de las Oropéndolas cuando se toparon con un terrible monstruo marino. Uno de sus tentáculos atrapó a Otis. Mumablue logró esquivarlo y, usando sus poderes, sacó a la superficie algas marinas que apresaron al monstruo.
Cuando Mumablue consiguió liberar a Otis, subió a su lomo y juntos continuaron el viaje hacia la isla de las Oropéndolas.
La isla de las Oropéndolas era un auténtico paraíso donde los unicornios trotaban a sus anchas. Al ver a Otis uno de ellos se acercó.
– Te reconocería en cualquier parte del mundo. He pensado en ti cada segundo de cada día. Otis, soy Arlana, tu madre.
Otis y Arlana se dieron un fuerte abrazo. Mumablue y Lori no podían estar más contentos. Después emprendieron el viaje de regreso a casa junto con Otis, Arlana y el resto de los unicornios.
En cuanto regresaron, Mumablue corrió a abrazar a su familia. Les contó cómo había derrotado al monstruo marino y su encuentro con los unicornios. Juntos, movilizaron al reino entero para acogerlos de nuevo y vivir en armonía.
La historia de Mumablue y Otis corrió como la pólvora por todo el Reino de Miriñán. Sus habitantes fueron más felices cuando aprendieron a querer y respetar a los unicornios, a los que nunca más atacaron para hacerse con sus huevos de oro.
Y con Arlana y Otis felices y contentos, Mumablue se despide hasta el próximo cuento.
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