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Categoría: Aventuras

Paseo familiar

Fue un día bastante difícil. Estaba al lado de mi hermano, manejando una cuatro por cuatro, en medio de subidas y bajadas de arena cuando en una de las partes más alta de una loma, el auto comenzó a patinar. Cierto, nos habíamos quedados atascados en medio del grandioso desierto de nuestro país.

Después de llamar y llamar por celular a nuestros amigos y familiares para que nos pudieran socorrer, nos dimos cuenta que estábamos perdidos a nuestra desgracia… Desde el lugar que nos hallábamos había una distancia de más de cincuenta kilómetros a la primera posta de ayuda. Sin embargo, fiel a su gran espíritu positivo, aventurero (para mi silencioso criterio), e infantil, mi hermano cogió su cantimplora de agua, un largo sombrero de paja y, con una amplia sonrisa, me dijo que volvería en no más de cinco horas… Quise decirle que deseaba acompañarlo, pero no pude, pues vi en sus gestos que no debería preocuparme por él. Le vi desaparecer de mi vista en medio de esos espejismos que aparecen en las pistas asoleadas de una larga carretera…

Dentro del auto había aire acondicionado, asientos confortables y lunas polarizadas, por lo que decidí, al igual que mi hermano, hacer frente a aquella pesada situación de la mejor manera. Amante y apasionado de las letras como soy, cogí mi libro y me puse a leerlo. Calculaba que en cinco horas debería de haber leído por lo menos unas cien páginas de las mil ochocientas de la obra... Recordaba con cuanto esfuerzo pude conseguir las obras completas de Dostoyeski, o sea, el libro que tenía en las manos… No recuerdo en qué página iba cuando escuché que alguien tocaba la luna del auto. Salí del embrujo del libro y vi que dos inmensos indios me miraban con ojos brillantes y curiosos.

Obviamente me puse nervioso, pero, después de meditar un instante, decidí enfrentármeles. Creo que mi cabeza les llegaba al hombro de cada uno. Estaban casi desnudos, en sus manos tenían un escudo de madera y una lanza de caña. Sus rostros eran casi iguales. Prietos, de cabellos negros y largos, atados con trenzas… Lo que más me gustó fueron sus blancos dientes, pues no dejaban de sonreír, seguramente pensaban lo extraño y enano que era yo. Cuando les escuché hablar me sorprendí al ver que hablaban español bastante bien. Les pregunté de dónde provenían y ellos me dijeron que de la ciudad, que estaban filmando un comercial justo detrás de las dunas de arena…

No sería bueno contar lo que luego sucedió, pero lo cierto fue que arranqué el auto y me dirigí hacia la ciudad… Fue gracioso ver a mi hermano casi evaporizado en la mitad de la ruta. Le conté lo sucedido y retornamos a la ciudad con una historia que contar a toda la familia. En mi caso, sonreí al tener una idea de aquella experiencia que podría ser el argumento para mi próximo cuento… Aunque a ciencia cierta uno nunca sabe cuánto de experiencia, imaginación y observación puede colocar en un relato para hacerlo entretenido y verosímil…




Enero, del 2005.
Datos del Cuento
  • Autor: joe
  • Código: 12649
  • Fecha: 03-01-2005
  • Categoría: Aventuras
  • Media: 5.02
  • Votos: 81
  • Envios: 8
  • Lecturas: 408
  • Valoración:
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