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El casamiento de Horacio

Horacio desapareció del barrio más o menos por abril. No era muy amigo de nadie por eso los vecinos tardaron en darse cuenta. Vivía solo en la vieja casa paterna y, salvo por un matrimonio con una chica de Lanús que duró pocos meses, no se le conocían relaciones.
Mientras duró la pareja, una mujer mayor venía para hacer la limpieza y, según afirmaban los más enterados, trajo consigo a uno de sus hijos. Durante dos semanas el muchacho depositó en la vereda cantidades de trastos, muebles parcialmente destruidos, bolsas con ropa apolillada y basura maloliente.
Después de la partida de la joven esposa, la mujer siguió viniendo una semana o dos y luego volvió a quedar solo. Sus rutinas eran claras: salía temprano por las mañanas de su casa y volvía al atardecer. Su comportamiento no pareció modificarse durante su breve matrimonio. Caminaba siempre mirando al piso, con un aire despacioso y rara vez levantaba los ojos para mirar a algún vecino y saludar con un “buenas.” medio entre dientes.
Cuando Horacio nació sus padres, una pareja ya grande, vivían en esa casa heredada del abuelo paterno. El papá trabajó en el ferrocarril, del mismo modo que el hijo lo hizo más tarde. No solían recibir visitas. Sin hermanos y con un humor taciturno fue un chico solitario y cuando sus padres murieron siguió viviendo en la casa sin que nada pareciera conmoverlo.
Cuando dejó de pasar por la misma vereda fue como un cambio de estación, la gente lo notó pero sin conmoverse hasta pasados varios días, por eso no pudieron precisar la fecha.
El rumor fue creciendo entre los vecinos y, algunos, preocupados por el joven urgieron -Hay que llamar a la policía, miren si tuvo un accidente y está tirado ahí, sin que nadie lo atienda. Al final se decidieron y la policía forzó la entrada rodeada por un coro de vecinos curiosos.
No se encontró a Horacio en la casa y el oficial informó a los vecinos que la heladera estaba desenchufada o sea que la ausencia fue planeada.
El tiempo fue pasando y en la cuadra la extraña desaparición de Horacio fue pasando a un segundo plano, salvo para doña Margarita.
La señora no tenía mucho para hacer y una enorme curiosidad por lo que ocurría más allá de sus ventanas. Solía comentarle a su hijo, por las noches mientras cenaban, los sucesos más notorios vistos desde su observatorio y ni un sólo día se olvidó de hablarle de Horacio. El hijo estaba más bien harto del tema pero finalmente terminó por compartir la curiosidad materna. Después de todo, fue él quien trajo la novedad de que la esposa de Horacio era de Lanús porque la chica vivía a una cuadra del taller en el cual trabajaba.
Finalmente terminó comentando el suceso con sus compañeros. Ninguno sabía por qué se había producido la separación pero, asombrosamente, uno de ellos podía informar donde había ido a parar Horacio.
Era un hombre ya mayor, callado y buen compañero.
-Mirá, le dijo, todos los barrios tienen sus historias, uno no se da cuenta porque vive para trabajar pero mi mujer me contó, y ahora me doy cuenta de que se trata, que doña Marta se consiguió un marido joven, que más bien parece el hijo. El otro día lo vi y sabía que lo conocía de algún lado. Vos conocés a la Marta, era la que venía a limpiar a lo de Horacio, bueno, ahora viven juntos y parecen felices.
El asombro de Margarita no tuvo límites cuando su hijo le contó la historia y, si en un principio dudó de su veracidad, el cartel de “SE VENDE” que apareció a los pocos días en la fachada de la casa de Horacio la terminó de convencer.
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